La ultima Navidad
(Original, con Ángeles Salvador y Juan Marenco, acá: http://bonk.com.ar/tp/daily/1879/la-ultima-navidad)
Cuando éramos chicos pasábamos la tarde del veinticuatro en las piletas de Punta Carrasco. Era una dosis de felicidad suspendida, las brazadas del crol desde el borde hasta la isla con palmera y barra en el medio de la pileta, donde la gente pedía licuados de ananá pero nosotros no, nosotros estábamos un rato nomás, estábamos pero no estábamos, un ojo acá y el otro allá, el corazón empujando para allá, sin poder entregarnos del todo a la actitud dominguera, un par de horas para agujerear la ansiedad, que siempre es más peluda en un departamento, con el arbolito en la esquina del living pero sin chimenea, mirándolo fijo para que apareciera papanuel que no aparecía nunca —gordo de mierda, dale, agitá el trineo— si no nos íbamos a Punta Carrasco. Era como hacernos los distraídos un rato para después volver y que estuvieran los paquetes.
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Y esto fue lo que me cagó la fecha para siempre: A los dieciséis años tenía los amigos que corresponden a esa edad: demasiados. El rugby nos apilaba así, bajo una arenga permanente que suplía las inquietudes y los porqués de la adolescencia con rondas en el vestuario, todos agarrados bien fuerte a la altura de los pectorales, tironeándole la camiseta al de la derecha y al de la izquierda, babeando el protector bucal, raspando los tapones de aluminio contra la baldosa fría, todo el olor a átomo desinflamante que se pudiera, cuanto más mejor, y la palabra huevo, la palabra tackle, ir para adelante, cogerse a los rivales, a estos negros de mierda, enceguecerse con la causa sin importar si no importa, hacerlo por el compañero, por el equipo, porque somos todos iguales, pero spoiler alert: we are not. Bueno, eso, muchos amigos y ninguna amiga, muchas pajas.
Pero a uno de mis amigos más verdaderos, a Martín, se le murió la mamá el 23 de diciembre. La mató el cáncer, o la desesperación de que el marido la había abandonado, a ella, a Martín y a su hermano más grande, hace un par de años. Lloré como nunca en mi vida en el entierro, entre los canteros multicolores y el pasto de putting green del Memorial, haciendo una cola interminable para saludarlo, pensando qué decirle, envidiando a los que pasaban primero y parecían consolarlo con una frase. (Toda mi autoexigencia ahí: no poder hablar si no es para decir una genialidad, algo que deje pensando a los demás, que los salve, que no revele que soy choto. Imaginate ese quilombo trasladado a la escritura). No le dije nada. Ni su nombre. Su cuerpo era una gelatina que se derretía con fuerza para abajo, y me di cuenta que lo único que podía hacer era sostenerlo unos segundos y después pasárselo al de atrás. Papá nos había llevado a mí y a varios amigos, y volvimos en el auto en silencio, repasando la Panamericana con los ojos hinchados. El primero que dejamos en su casa se dio vuelta antes de bajar y dijo: hablamos a la noche para ver si hacemos algo. Ahí me di cuenta que Martín estaba solo para siempre, que nuestro abrazo era una garcha, que la amistad es verdad pero es mitología. Sobretodo mitología. Al día siguiente fue Navidad, y desde entonces es un minuto del año en que me paro en el balcón del departamento de mi abuela y me acuerdo que Martín está solo. Es un séptimo piso, algo de vértigo, que no es miedo a las alturas porque el miedo a las alturas no existe: existe el miedo a uno mismo, a querer tirarse. Tengo un vaso de clericó en la mano. Escucho los fuegos artificiales. No los veo porque el edificio de enfrente me los tapa. Yo también estoy solo.
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El único mensaje que me entró ayer alrededor de las doce, en el prime time de las antenas colapsadas, fue de Guillo, and I quote: “No dejo de pensar que hace un año estábamos en BKK. Un abrazo grande”. No respondí porque no iba a llegar, porque mi celular es el primero que se pliega a las huelgas cuando hay quilombo, y esos mensajes en paracaídas, once horas retrasados, producen una incomodidad en el receptor, pero respondo ahora, públicamente: Me pasa lo mismo, Guillo, la concha de la lora.
Fue la única Navidad que pasé afuera de mi casa, sin mi familia. Guillo, Tatán y yo aterrizamos en Bangkok el veinticuatro al mediodía, tras gugleo intenso de pasajes más baratos por las fiestas, pero no, dejamos constancia, es verso. Fuimos en Qatar Airlines, con el pulgar arriba de Franco Rinaldi, que sabe todo lo que hay que saber y todo lo que no es necesario saber sobre aviones y constatamos el placer del servicio durante veintidós horas de vuelo, parada en Doha incluida. Ah, pero el jet-lag. No hay entrada de wikipedia que pueda explicar eso. Hay que estar ahí: sentir el cuerpo pesado, el estómago revuelto, las dimensiones distorsionadas, los párpados empujando para abajo durante días. Ese primer día fue el infierno, y había que sostenerse hasta las doce en Khao San Road, que es una calle de turistas apretados consumiendo cervezas de un dólar y musculosas de tres dólares. Nos sentamos en un bar a las once, después de una siesta en el hostel de quince minutos o tres horas, nadie sabe, que nos partió al medio. Olores nuevos en Asia, eso es importante, y al principio parece el combo del jet-lag pero después no, después puede ser un mes y medio de olores nuevos. Pedimos cerveza tailandesa, brindamos, nos bancamos a un español que nos gritó fuerte, de cerca y en cueros, con un gorro de papanuel, escupiendo alcohol: que qué pasa que no bailamos o que no chupamos o que aguante Messi. Lo puteamos con la mirada, sin decir nada, porque estábamos muy mareados. Los campanazos de las doce fueron nuestro permiso para irnos a dormir y al día siguiente arrancamos nuestro viaje del todo. Navidad es expectativa pero no es nada, hay que dejarla pasar y seguir al día siguiente.
Dalma Nerea dixit

Hace rato que no sé quién es mi papá.
Tocar sus tres días de barba, el sonido de sus pasos en la escalera, reconocer que es él antes de verlo, haber logrado sueño en el sonido de su voz, el punto ineludible en que lo familiar se hace aburrido.
Pero él no, yo no.
Yo no sé, papá.
Yo sé quién es papá pero él no sabe.
Yo sé que él sabe que yo sé que todos saben y qué él sabe, pero los dos sabemos, sin mirarnos, que no es.
Que ya pasó demasiado tiempo, que todos los años renovamos al pedo la esperanza de navidades mejores, con menos petardos, las cajas de fuegos artificiales, para qué tantas, la camioneta de la empresa de fuegos artificiales, violeta y negra y afuera de casa, la garantía del ruido a las doce, las flores de luz en el cielo y los ladridos del perro.
Y el abuelo sentado en la silla de jardín, cediendo las tiras blancas y amarillas, mirando el espectáculo con ojos de clericó, solo, punta de mesa de la mesa vacía, a diez metros nuestro, a veinte metros del tío Lalo prendiendo la mecha que no prendió, y las manos de escándalo en la cara de mamá porque no leen los diarios, ustedes, la cantidad de gente que termina en el Fernández cada veinticuatro.
No ves que sos un nene, Diego.
Esa voz sí.
Ahí está, en mi cabeza, algo hay.
Voy a anotar esa frase en mi diario.
Yo me reí la primera vez que la escuché, que fue siempre y nunca, alguna vez perdida, y entonces no me daba cuenta: esa línea es una prueba, efímera y firme, de que algo fuimos.
Cinco minutos acumulados, cinco o seis en veinticinco años, la suma de mamás diciendo.
No ves que sos un nene, Diego.
Pero también es falso eso.
La memoria es puta.
Quiere más de lo que tiene por derecho.
Quiere que ayer defina el presente de siempre y en adelante, cada día un recuerdo nuevo para despertarse, poder levantar el blackout, atenuar un poco el proyecto permanente de suicidio.
Si uno lo piensa dos veces, si uno lo escribe, todo eso es muy poco.
Es una frase, siete palabras, y la última es el nombre de papá, el conjunto de fonemas que ya no es el nombre de alguien para mí, que ya no es el nombre de él para él mismo, que ya es una representación que se nos fue de las manos.
Algo que era nuestro y que nos afanaron.
La frase es una garcha.
Es una escena de una película.
Tan real como el póster de mi cuarto, el salto ridículo de papá, el pie zurdo como una pistola apuntando la pelota, “una figura humana estéticamente imposible”, dijo el boludo del fotógrafo que la sacó, uno de El Gráfico o de Gente o de Clarín, no me acuerdo.
Y en letra imprenta amarilla, borde negro para la sensación de sombra, la escasez de recursos del ’90, los últimos manotazos de la era pre-Photoshop, la línea memorable del póster:
“Para los que todavía creen que el fútbol es alegría”.
Ese es mi papá, le dije a Micaela, mi compañera de jardín, la primera vez que la invité a jugar a casa.
Sí, ya sé, me dijo.
Me dijo mi papá, dijo Micaela.
Ah, le dije yo.
Mamá gritó que estaba la comida.
Bajamos a comer salchichas con puré y nunca más hablamos de mi papá con Micaela, salvo la vez que su papá nos pidió una camiseta del Nápoli.
Micaela es mi mejor amiga, y casi siempre que vamos a Miami la invitamos.
Yo voy menos a su casa, porque su casa ya es el otro extremo, no por la cosa Flanders de la familia, eso no, eso no existe para nadie, o se desmorona la primera vez que una se queda a dormir ahí, los portazos y los gritos iguales a los de casa.
Pero sí por la cosa presencial de los miembros, el castigo de estar siempre, Gerardo el papá y Elena la mamá y Junior el hermano y Néstor el bebe que ya no es bebe porque grita con conciencia, ya parece que putea, pero Elena le sigue dando la teta enfrente mío.
Ay, nena, vos no le cuentes esto a Claudia, eh.
No es a tu mamá, es a Claudia, aunque no se conocen.
Igual, vos en tu casa verás cosas peores, me imagino, ja.
Ja como ja, así, jota y a, chat dixit, una risa agregada a la oración ya escrita, cuando la ventanita de Messenger dice que Elena está escribiendo un mensaje, Elena está pensando el ja, la jota y la a, nomás, lo otro ya lo escribió.
Una símbolo de paz con aerosol en el coche bomba, y afuera los muertos desparramados en su sangre.
Ja, Elena, bum, ojo que la bomba te puede explotar en el culo.
Y el colmo es el papá diciendo nada, y el colmo de los colmos de los chistes de gallegos de los colmos fue el día que el papá me abrió la puerta con la remera del Nápoli puesta, recién puesta, eh, yo no soy boluda, planchadita, y todavía se tomó el trabajo de decir la línea que tenía ensayada.
Uh, mirá, justo estoy con la de tu viejo.
Y puntos suspensivos.
Puntos suspensivos con la mano sobre la puerta, como para no darme salida, no darme entrada en realidad, obligarme a festejarle el chistón.
Y yo como con todos, como con los vendedores de Fallabella o los surtidores de YPF.
Muda, desafectada, tratando de escapar por los costados con los ojos de tenis.
Aunque también buscando una respuesta, queriendo encontrar una respuesta, queriendo hacer posible una respuesta, que la solución no sea la que pienso por paranoica, que el tipo está ahí parado y pretende que le imite el videíto de papá, mi primer sueño es jugar el mundial, o que me ponga una peluca de rulos oscuros y vaya por la casa esquivando muebles, él con las manos en forma de megáfono siendo Víctor Hugo, ta ta ta ta ta, que sea, que sea, que sea, pero no, no, no puede ser eso, quiero creer que no, quiero que no.
Quiero creer que quiere algo más fácil, algo que le puedo dar yo como amiguita de su hija, pero en seguida que pienso esa frase se me viene Belleza Americana, me voy a la mierda, termino en cuatro en la cama del viejo, hamacándome, gritándole dale, Gerardo, dale, el sueño de cogerte a la hija de Maradó, sos vos, Gerardo, tenés la poronga clavada en el culo de la hija de Dios.
Apago la proyección antes de pensar qué me contesta.
La imaginación es más feliz que la memoria.
Menos policial.
Pero igual hay un momento en que se vuelve independiente, se va, mente afuera, a lugares del sueño, bañaderas donde cabe un elefante, de cuernos verdes, patas finitas, y la idea impropia de haber sido otra cosa en otro capítulo del sueño, la sospecha confirmada cuando se mira al espejo y tiene la cara de papá, la trompa de papá y el arito en la oreja humana.
Todo mientras yo espero sentada en el bidet, vestida, que la cosa, animal o paternal, desocupe el baño.
Hace rato que no sé quién es papá.
Y el tiempo va deformando verdades, y llega un punto en que todo es de plastilina en una tarde calurosa, aire pesado y de gotitas, Microcentro porteño el diez de enero, cuando el mínimo algodón encima se pone insoportable, es una musculosa de tres kilos, y entonces, cómo no, la plastilina se derrite, las verdades que supimos conseguir se vuelven manchas rojas o azules o amarillas pegoteadas en la vereda.
Como chicle.
Que cualquiera puede pisotear, claro.
Un periodista de The Sun que por ahí pasaba o un basurero de Cliba que por ahí recolectaba.
Esta es una plastilina:
El 30 de marzo de 1990 yo cumplí tres años.
Vivíamos en Italia, y en Italia también se piden tres deseos soplando las velitas.
Yo pedí uno solo: que algún día papá me llevara al Ital Park.
Mamá me cuentas esas cosas.
Dice que lloré el día del accidente, unos meses después, y que ella pensaba que lloraba por la nena muerta, pero después se dio cuenta que lloraba por el deseo perdido.
A mí me parece mentira todo eso, me parece inverosímil esa secuencia en una enana de chupete.
Que te lo digo yo, tu mamá, dice mamá si le digo algo, o no le digo nada y listo, es otra plastilina, es su metáfora para explicar que vivíamos en Europa y yo quería volver.
Y ahora que vivís acá querés vivir allá.
No ves que sos una nena, igualita a papá.
¿A qué papá?
A tu papá, ¿qué papá va a ser?
¿Qué tiene que ver papá?
Qué es tu papá, hija, eso, nada, todo tiene que ver.
Y eso también se derrite, la discusión de ahora, da lo mismo, tiene razón, tengo razón, tenemos razón, la revista Paparazzi puede hablar sobre nosotros y tener razón.
Siempre implícita la cosa de estar disculpados.
Ese es el peor castigo.
La cara condescendiente del otro.
De la profesora de Física y del bigotudo que te sella el pasaporte y del kiosquero que te regala los Beldent.
Qué te voy a cobrar a vos, nena, mi viejo se levanta de la tumba y me asesina.
En cuanto salgo, en cuanto agarran complicidad con el de al lado, se miran y se entienden.
Pobrecita, piensan.
Y vamos componiendo una vida de exigencia cero y de relaciones a metro y medio, mostrador mediante.
Ese es el regalo de papá.
Qué sé yo, papá.
No sé si quería sobrevolar el plano tan de arriba, tan lejos de los muñequitos.
Tan tan poco, tampoco tanto.
Algún golcito menos, por ahí, haberla tirado afuera a propósito, quemar un poco la propia estampita.
Ir acercando un fósforo de a poco, actitud suicida, un cutter que pispea la muñeca, que acaricia las venas, al menos un rasguño infantil.
Hay que estar ahí adentro, también, me pongo en el papel de tontita.
Pongamos que la que puso el kiosco soy yo.
Que lo levanté con el sudor de mis tetas.
Anuncio, oficialmente y para todos, que yo tampoco le hubiera cobrado los caramelos a papá.
Llévese los Sugus que quiera, Sr. Diego.
Es decir, si nos tomamos el rato necesario, si hacemos yoga y meditación, la mierda de los demás se nos vuelve entendible.
Pero si nos pasamos de ejercicios espirituales terminamos comiéndonos la mierda, y lo que es peor, más tiempo volados que caminando la ruta.
Mi slogan es la vida desde adentro, borrar la banquina, caminar la ruta por el medio, siguiendo la línea intermitente de rayas blancas.
Y morir algún día, no queda otra, por cansancio o por un camión de frente.
Quiero decir, no sé, darle para adelante, así de grasa, bancársela uno mismo.
La imagen del camión que se acerca, la libertad.
Leí esta frase en un libro de Borges que me prestó Mica:
“El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo”.
Me pareció genial, la postié en mi Facebook.
Mi vida por una humanidad sin apellidos.
No, es demasiado, control zeta.
Ya no sé ni lo que digo.
Soy las nenas citando a Borges y hablando de muerte, un oxímoron total.
Si hubiera jurado menos, quizás.
Si hubiera jurado por otra cosa, otra entidad para tanta declaración jurada, una coartada con menos personería jurídica.
Lo juro por mis botines, por ejemplo.
Que se mueran mis botines si estoy mintiendo, que los pise un central con tapones de rugby y les haga un tajo.
Que se embarren y queden en la utilería sin lavar hasta quedar duros, mármol para el pie del ángel, otro par a la basura.
Siempre por las nenas, un escudo sin balazos en contra, un soldado en una guerra sin rival.
Somos un tatuaje en el antebrazo.
Papá es un superhéroe que abre alas y dispara rayos láser desde ahí, desde las letras tatuadas de mi nombre.
Pero no muere nadie.
Nuestra función es demasiado pretensiosa.
Como un error de cálculo en el traje de Batman, inadmisible para Morgan Freeman, causal de despido inmediato.
La abuela se ponía loca cuando juraba por ellos.
Me hace poner colorada, llamaba a casa y me decía a mí.
Decile que lo hizo ella, gritaba mamá desde su cuarto, riéndose un poco, pifiándole la uña al pincelito.
¿Qué dice tu madre, nena?
Nada, abuela, que le mandes un beso al abuelo.
Está embobado en el televisor mirando al Diego, pero le mando, hija, después le mando.
Y qué sé yo si le habrá mandado.
Qué importa.
Ahora todo nuestro sistema de relaciones familiares se va a la mierda.
Bueno o malo, sincero o hipócrita, se va a la mierda.
Porque se fue a la mierda la amalgama, el tema de las conversaciones, la excusa inagotable, Diego, papá, Diego Armando Maradona.
Nunca me fanaticé mucho con las cosas religiosas, tengo mi rosario y punto, pero quiero inventar, y hoy me dejan o lo hago igual, que hay dos opciones:
Que se fue a un lugar más choto, donde los talentos se distribuyen entre todos y no hay sobresalientes, no hay Fioritos ni Vaticanos.
O que se fue a un lugar más fácil, donde uno es autosuficiente y vive con su habilidad, los dones cultivados en un jardín individual.
Los dos lugares son eternos, infinitos, eso sí lo copio de los credos, pero es un detalle que me da lo mismo, porque esta vida también fue larga.
Queda la opción oscura, la nada, que no exista más, pero me suena improbable.
Todo es demasiado fuerte para apagarse de repente.
Ayer a eso de las siete, tres horas antes de que papá muriera, yo estaba sola con él en la habitación del sanatorio, y me llegó un mensaje de Chiche Gelblung al celular:
“Algún día te vas a dar cuenta lo que perdimos, nena”.
Tres horas antes.
Yo me quedé mirando a papá, dormido, respirando fuerte, quieto.
Dice Chiche que estás muerto, le dije aguantándome la risa.
Justo entró mamá y me preguntó qué me pasaba, pero no le contesté y salí del cuarto al pasillo, al silencio hospital del pasillo que es un silencio asqueroso, un audio al que es imposible acostumbrarse.
Lo aguanté cinco minutos, después volví a entrar.
(Magnolia - Aimee Mann - Wise up)
La última revelación que nos esconde esta vida es que allá al fondo, cuando ya no queda nada, queda la muerte. Es algo que se intuye, que nos enseñó la maestra de Naturales, que nos explicó papá cuando la abuela aceleró el cáncer, que nos insistieron los medios en despedidas públicas de contemporáneos sobresalientes como Sandro, como Carlitos Junior, como Romina Yan, pero que nunca aprendemos del todo porque la comprensión nos desborda. O porque nos da paja. Entonces nunca es verdad hasta el momento de la derrota en los ojos, la hora del abandono en el sillón, la aspiración de coca cuando ya no hay más aspiraciones. Ese delirio de la rendición es un descanso infinito, un abrazo a la versión boluda de uno mismo, la que creyó que había que luchar, que había que mantenerse firme, que había que aguantar para estirar la muerte. Toda esa declaración, el viaje al fin de la noche, nos pega cuando estamos solos, y todo es una confirmación de que la soledad era posta, pero es el mismo viaje que está haciendo el vecino en el edificio de enfrente, es el mismo piano que nos va juntando en la misma esquina.
—In the Backseat
DESDE EL ASIENTO DE ATRÁS
El iTunes tiene un contador, mamá, no lo vas a entender pero juguemos a que sí, que dice que la canción que más veces escuché este año es In the backseat, de Arcade Fire. Es incómodo que ese aparato sepa tanto de mí mismo, o es otro indicio de que la CIA nos tiene agarrados de los huevos. Pero se puede pensar menos torcido, para el lado de los inocentes: capaz que esa función nos ayuda a conocerme un poco.
Cuando empieza, la canción es una chica que puede tener catorce años o veinte o veintisiete: puede tener la edad que quiere pero todavía no se dio cuenta. Puede cantar y lo sabe; podría volar y no lo sabe, podría coger, robar un banco, tiene un vestido largo con lunares. La tela del fondo es beige, los círculos son grandes y de un color pastel que no es amarillo porque no se anima. Es la mujer de Truman Burbank, su sonrisa impostada, vendiéndole al marido un artículo de cocina que cumple tres funciones. Es Julianne Moore en Las Horas, sentada a su mesa de roble, su hijo enfrente, la torta que cocinó para el marido, su amiga torta, los labios en los labios de ella, el mundo que no le enseñaron, los grises infinitos entre la ingenuidad y las ganas de saltar, el miedo.
Está sola contra sí misma, mirándose a los ojos, y de a poco es un boxeador sentado en el banquito, agitando los gemelos y el protector bucal desde la planta del pie. Hay un fuego circular, una olla arriba, agua adentro. Cuando se liberan las burbujas nace una guitarra blanda y la chica dispara su voz aguda con menos pudor. En adelante, hasta el fin de la canción y hasta el fin de los tiempos, se hamaca sobre un violín. El viaje es un péndulo que se estira y es conmovedor mirarla, porque el vestido se infla con el viento y le dibuja las piernas escondidas.
Por un momento se retira al desierto, a tomar agua en silencio, son cuarenta días y cuarenta noches o son cuatro segundos, no importa, pero importa que está sola, que piensa en lo que está por hacer, que sabe que va a haber quilombo. No es que dude, es que respira. Entonces infla los pulmones y vuelve, primero al paso, después al trote, después como un tren y en forma de ruido, pero atrás del ruido están sus verdades, todas las que supo conseguir y quedan dichas para siempre, entre llantos y trompadas. La hamaca de violines se ensucia, hay algo que distorsiona el péndulo y oxida las cadenas, porque cualquier revolución persiste entre las piedras, para adelante pero entre saltos. Si esto fuera Hollywood, ella abriría los brazos mirando al cielo, tomada desde abajo para la victoria, y empezaría a llover. El agua le plancharía el pelo y la camisa hasta el relieve de los pezones, lo suficiente para ser elegante pero no porno. Pero la realidad usa menos resaltadores y ya dije que ella usa un vestido con lunares, querámosla así. El souvenir del viaje es un estado de conciencia absoluto sobre las batallas propias, que son las únicas que importan.





